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domingo, 3 de abril de 2011

Colecciono Moscas

Colecciono Moscas


Pero no estoy loco. Lo aseguro, no estoy loco, conozco muy bien la mirada que estáis poniendo, me sé de memoria el alzamiento de cejas, luego los murmuros y las risas, que parecen puestas justo en la esquina de la realidad, para que me de cuenta de ellas sólo de refilón. No me importa lo que penséis. Yo colecciono moscas, vosotros coleccionáis partidos, borracheras, libros, canciones, ideas, orgasmos, fantasías. Yo colecciono moscas, cada cual a su afición, y la mía no es sencilla.
No, tiene su miga. Habrán ustedes hecho ésto de niños, y si no, habrán visto a un compinche suyo haciéndolo, o por lo menos intentándolo, pues es tarea que requiere maña y buenos reflejos. Me estoy refiriendo, claro, a atar una mosca, algo en lo que todo el mundo ha pensado. La primera vez que yo lo hice fue a los siete años, entre el alegre zumbido verde del jardín, producido a coro por todos los insectos, las abejas en las flores, algún mosquito que otro, y claro está, multitud de moscas. Fue una experiencia que me cambió la vida, me pareció sencillamente mágico, primero atrapar a la mosca con la mano, ser más rápido que ella era ya un auténtico duelo del Oeste para mí, y el candente sol de verano remataba la escena. La adrenalina coagulada en la eternidad en la que nos miramos a la cara, y entonces, zas, yo había sido más rápido, y ella estaba en mi mano.
El sentir una mosca zumbando dentro del puño de uno es uno de los pequeños placeres de la vida, notar sus frágiles patitas rozando con tu piel, sentir sus intentos de escapar, de salir de la trampa. Es una sensación muy pequeña, muy sutil, pero aún hoy, después de casi treinta años, se me eriza el vello del espinazo siempre que lo hago.
El siguiente paso es también importante, y la primera vez no lo conseguí, el abrir ligeramente la mano para poder atar un hilo a una de las patas sólo con la mano que queda es todo un arte, tardé mucho en conseguir ésto, hasta el punto de que no pude dominarlo del todo hasta que tuve catorce. Ah, pero mereció la pena. ¡Qué maravilla! Ver a la mosca (porque entonces no era “una” mosca, sino que era “la” mosca, “mi” mosca) volando delante de mí, conectada con mi mano por el hilo que hacía las veces de correa. Era curioso, la mosca podía volar, podía ir donde quisiera, pero dentro de los límites que yo le marcaba. Aquí el placer estaba en los tironcitos de cuerda que daba en los límites de esa esfera posible que pasaba a ser su mundo. Me encantaba recoger hilo poco a poco hasta que sólo podía dar pequeños saltos frustrados a pocos centímetros de mi piel, o soltar varios metros y sonreír cuando no podía más y aterrizaba por el peso del hilo.
Me duraban bastante, las alimentaba bien para que no se me murieran, y si lo hacían sólo tenía que atrapar otra, pues en el fondo todas eran la misma, todas eran atrapabadas, todas eran atadas, todas trataban de escapar.
Pero claro, no podía pasarme toda mi vida haciendo eso. Decidí, a los dieciocho años aproximadamente, empezar un catálogo. Ya en mi propio piso, lejos de las imposiciones del hogar familiar, compré una infinidad de vasos de plástico, y los agujereé convenientemente. Una de las habitaciones del piso la llamé “moscario” , y en dicha habitación, que tenía las paredes desnudas y una silla en el centro como único mueble, empecé a colocar las moscas. Las atrapaba, y las encerraba en los vasos, que pegaba por la boca a la pared. Las alimentaba con una jeringuilla por alguno de los agujeros. Esta siempre ha sido una provincia calurosa, y hay moscas todo el año si sabes dónde buscarlas. Así, poco a poco, mi colección iba ampliándose con más vasos pegados a la pared, hasta que ya no quedó más espacio y tuve que colocar algunas en el techo, o incluso en el suelo, pero siempre dejando libre el camino desde la puerta a mi silla.
Y así sigo el día de hoy. Piensen ustedes lo que quieran, ya se lo he dicho, a mi me da igual, porque ustedes tienen su vida y yo la mía y cada uno puede dedicarse a lo que quiera y a mi lo que más me gusta en este mundo es entrar en mi moscario, sentarme en mi vieja silla de madera y simplemente escuchar a los dípteros chocando contra el plástico, tratando de atravesar lo invisible y sin conseguirlo, me encanta sentir su zumbido dando vueltas una y otra vez, sus pequeños cuerpecillos sin poder salir.


W.J.W

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