-¡Fuego!-
Tres de las cuatro pistolas dispararon aquellas balas que acabaron con los sueños de libertad de un grupo de jóvenes republicanos.
-¡Soldado¡ ¡Fuego!-
Su dedo temblaba al acariciar el frío acero del gatillo que anunciaba una muerte esperada. Era nuevo en esa situación. No podía hacerlo. Demasiados recuerdos venían a su mente y sentía como si fuera a traicionarlos a todos.
El no estaba allí por gusto, solo por supervivencia, quizás por cobardía.
En ese momento, en el que su dedo cada vez oprimía más esa pequeña pestaña hacia la muerte, el recuerdo de su difunto abuelo rondó su cabeza. Se acordó de su infancia junto a él, de su generosidad, de su pundonor y valentía. Pudo recuperar esos consejos tan sabios, que en ese instante comenzaban a bullir en su cabeza. No debía venderse a nadie, ni defender lo indefendible. No tenía por qué obedecer al opresor ni creer al mentiroso. Su única obligación era vivir por y para su corazón, sus ideales. Aquello que merecía la pena conservar, mecer en la cuna de la memoria.
Pero entonces algo estalló en su cabeza y todo cambió, decidió hacerlo. Agarró con decisión esa vieja y oxidada herramienta del demonio.
-¡Dispare de una vez!, solo es un grupo de sucios rojos.-
No había vuelta atrás, apretó los dientes y cerro aquellos ojos empapados en lágrimas que ya habían sido testigos de bastantes caras de pánico y dolor.
Accionó el gatillo y todos sus recuerdos salieron de su mente acompañados por aquella bala que le había hecho libre. Su abuelo no tendría que esperarle más.
Iván Martínez García
Sol de Invierno
Acojonante, buenísimo. Y lo más flipante es que sea tan parecido a uno que presenté yo a un concurso. Iván, te lo paso por Tuenti.
ResponderEliminar